Querida Jackie,
Aún recuerdo cuando te conocí; Junio aunaba la sequía de la tierra africana que te vio nacer, mientras la envergadura del paraíso terrenal de los Masai maravillaba mi existencia y millones estrellas decoraban al infinito cielo nocturno. En aquél entonces vivías con Rose. Ella te alimentaba mientras sembrabas alegría en las silenciosas paredes de su morada y te enviaba al colegio para que aprendieras a leer y escribir; Ella era una madre para ti, y tú, una más de sus hijos. Desde que te vi supe que eras una niña excepcional, siempre me mirabas con los ojos llenos de sonrisas. Eras pequeña e indefensa, con ese cuerpecito que parecía podía desmoronarse de un suspiro, de nariz ancha y boca de labios gruesos. Eras bella, aún sin cabello y con la ropa rasgada.
Para mí, que venía de un país lejano, se me hacía extraño pensar en los días que viviste lejos de Rose, de su mano amiga y su comprensión. Yo sabía que pertenecías a un hogar diferente, que tu madre había cedido su regazo, y que en el pasado, tu historia se enlazaba con el desasosiego de la palabra dolor. Pero no lo entendías, eras muy pequeña todavía.
Noviembre se convirtió en el mes de la despedida. Once, fue el último día y la última hora también. No supe cómo decir adiós. ¿De qué manera? De qué manera te miraba a los ojos sin sentir que dejaba una parte de mí, en ti. Aún sonreías, mientras aferrabas tu manito a la mía. Una que otra lagrima urgía de libertad; tres, cuatro, cinco suspiros batallantes que morían en agonía, opacados por tu vocecita cantora, por tus pasitos de niña, por mi debilidad, por mis ganas de cogerte en un abrazo y marcharme a un “para siempre”, que fuera siempre contigo.
A veces cierro los ojos y te veo, con el vestido azul de mangas rojas, la Miney Mouse de lentes grandes, y tus pies descalzos llenos de andares. No sé si aún me recuerdas, y temo que viento difumine tus huellas en mi desierto, que cambie tus formas, y que el olvido aprese los momentos que eran fotografías, que eran tus días en mis días. Y quiero decirte que este extrañarte es tan puro como los sonetos que respira tu corazón, tan inmenso como el mar que nos divide las vidas. Te pido por favor disculpes la sencillez de mis palabras; sé que no he podido conjugar un verbo que defina cuanto te quiero, y mucho menos he encontrado una oración que te permita creer que una estrella fugaz te llevará la luz que emana de mi mirada, cada vez que miro tu fotografía descansar sobre mí mesa de noche. Te pido me disculpes, por no poder escucharme respirar mientras estampo mi silencio en esta hoja a medio llenar, por no lograr que el aroma a café recién colado colmara tus sentidos, y porque nunca sabrás de mi pulso acelerado, del ruido de la ciudad que adorna el ritmo de mis dedos mientras escribo, que me he tomado unos cinco vasos de agua y me he detenido muchas veces a pensar cómo te digo que quiero que estés cerca, muy cerca de mí, porque la verdad es que no sé cómo ser un ejemplo a seguir, o como enseñar a picar un trozo de carne con un cuchillo de sierra; no sé, por más que lo intento, cuál es la lección más importante de todas, qué historias leer antes de dormir, o quién inventó los trenes. De dónde salen los colores del arcoíris, quién creó a Dios, si las montañas son dinosaurios protegidos, o si los secretos que esconden las botellas tiradas al mar, alguna vez son descubiertos. Pero sé, y de esto estoy segura, que estoy dispuesta a caminar la vida entera a tu lado. Por he querido escribirte Jackie, porque pronto iniciaré los procedimientos legales para tu adopción. Posiblemente habrás sumado años a tu vida cuando te envíe estás líneas que escribo sin día definitivo de partida, para avisarte, que la muchacha que te acompañó a surcar la aurora de Stellah en el camino de horizonte desmedido, es ahora...
Tu mamá.


3 comentarios:
... keine andere ist . keine anderes ist wie du ... !!!! Edvard !
..... Donda cabe un niño , ya todo esta lleno .. !!!
Simplemente sublime. El amor verdadero es tan profundo que es abismal, tan elevado que su cielo no tiene fin. Simplemente Es, disoluto y concentrado a la vez. Jamás en mi vida leí algo que me conmoviera tanto como tu carta. He llorado como jamás lo he hecho leyendo un libro, de los tantos que he leído. Es tanto el amor que transmite tu carta que no puedo dejar de asociarla con el Adagio de Albinoni: es exactamente así. Un amor magno y una melancolía tal, que se siente, retumba. Me ha desgarrado el corazón... Y curiosamente tú, que no eres madre tradicional, amas inmensamente más que muchísimas madres que sí lo son. Espero que pronto tu niña esté a tu lado, el amor une, siempre une. Gracias Giuliana. Infinitas gracias.
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