martes, 5 de octubre de 2010

Cuando los niños juegan a ser grandes


A muchos de los niños que habitaban en aquél lejano Reino llamado Venezuela, les gustaba pasar las horas de diversión pretendiendo ser adultos.

A los niños que vivían en aquél Reino muy, muy lejano, les gustaba jugar a ser doctores, empresarios, maestros, periodistas, o, por lo general, elegían “ejercer” la carrera que sus padres ejercían.
Muchos de los niños del Reino de Venezuela, creían que si soñaban con ser alguien en la vida -a pesar de los pesares- algún día el sueño se haría realidad; Sin embargo, para otro grupo de niños no era así. Estos últimos tenían la necesidad de luchar contra lo que parecía que el destino les había propuesto como forma de vida, tenían el reto de transformar el futuro para hacerlo mucho más adaptable a esas fantasías que aun siendo niños, tenían. Ellos –los menos afortunados, en el sentido referido únicamente al dinero- no contaban con las facilidades sociales que sus padres pudieran brindarles para permitirles estudiar una carrera y transformar aquél juego de niños en una realidad de adultos, una realidad que los hiciera felices, capaces, y, tan invencibles como los superhéroes que por las tardes veían en la televisión.
Para la satisfacción de muchos campesinos de escasos recursos, sus hijos, quienes habían decidido salir a buscar la tierra de nunca jamás, habían regresado con la historia de cómo lograron consolidar la proeza de cambiar sus estrellas, tras haber batallado con el enorme dragón que algunos solían llamar “conformismo” y que algunos otros preferían nombrar “resignación” y al que todos, absolutamente todos los miembros de los diferentes Reinos Lejanos temían.
No era una historia irrestricta, pero, se decía que para quién tenía la valentía de atreverse, era muy, muy posible, eso de regresar con los sueños tomados de una mano y adornados con una grandiosa sonrisa.
Pero el mundo tenía muchas fronteras invisibles, muchas culturas diferentes, tierra infinita, generaciones indelebles, leyes, sociedades, historia…
Por esa razón, en oportunidades, era necesario que las personas de los diferentes Reinos, se tomaran un pequeño instante del tiempo para mirar más allá de las montañas que cercaban sus tierras.
Muy, muy lejos de aquél Reino llamado Venezuela, se encontraba un Reino llamado Kenya, a donde muchos blancos caballeros y singulares doncellas, habían decidido viajar para explorar las maravillas que de Reino en Reino se podía oír decir que aquel lugar llamado Kenya tenía.
En aquél Reino lejano -negro y cercado por una historia de colonizaciones y batallas entre hermanos, étnicamente diferentes, pero al fin y al cabo hermanos- se podían escuchar a algunos lacayos contar las diferentes historias de vida de quienes allí habitaban.
Tras intentar surcar los mares hasta llegar a la tierra de la Villa de Stellah, muchos forasteros se interesaban en conocer las culturas que hacía a sus Reinos tan diferentes, y las historias que habían marcado la vida de la gente.
Una vez, se escuchó a un viejo lacayo contar la siguiente historia:

A
ska Pili vivía a lo alto de una Colina en un lugar llamado Happy Home, ella era una niña de aproximadamente trece años de edad, alta y delgada, de maravillosos ojos ilusionados y una sonrisa tan gigantesca como la inmensidad del mar en su infinito a conciencia. Abibo –cuyo verdadero nombre era Dady- y Babu eran los hermanos menores de Aska; ellos, a pesar del compañerismo entre hermanos varones, ellos mantenían una relación muy cercana con su hermana mayor.
Aska era una pequeña mamá cuando se trataba de la relación que mantenía con sus hermanitos menores. Era una adulta en cuerpo de niña, una niña jugando a ser adulta.
Por las tardes, cuando volvían del colegio, como todos los niños que vivían en Happy Home, Aska tenía la responsabilidad de lavar su ropa, pero además, ella tenía que lavar la de ropa sus hermanos menores. Casi siempre se le podía escuchar gritando a los cuatro vientos un estruendoso: “Abibooooooo” con la finalidad de que el niño le diera la ropa sucia, y así ella pudiera comenzar su rutina.
Algunas veces, daba la impresión de que Aska sentía profundamente la libertad de ser una niña cuando estaba en el colegio, pero, cuando volvía a casa, de alguna manera, se transformaba en esa mujer adulta que tenía la devoción sincera de velar por el bienestar de sus hermanos.
Los niños del orfanato solían expresar sin tapujos esa capacidad que tenía Aska de amar a sus hermanos, porque siempre se le veía preocupada por los asuntos que los involucrara a ellos.
De vez en cuando, alguna de las Auntys encargadas de cuidar a los niños en el orfanato, le llamaban la atención por verla limpiar el comedor cuando era el turno de su hermano Babu.
Al parecer, cuidar a sus hermanos, se había vuelto parte de esa rutina que a algunos les gusta llamar vida; y sentirse bien estando con ellos, preocuparse por ellos, y vivir para ellos, era todo lo que le importaba a esta niña de trece años que jugaba a ser adulta, que jugaba a ser mamá.
La pequeña mamá, se había ganado el corazón de aunty Giuliana, no solo por demostrar que el amor no tenía fronteras o paradigmas, sino por asumir un rol tan hermoso e inigualable, por demostrar que la vida no es más que el amor que entregas al vivirla, y por creer que estaba en sus manos mejorar el bienestar de sus hermanitos, hijos por momentos, familia desde siempre y por siempre.
Aunty Giuliana estaba absolutamente orgullosa de Aska, y se sentía muy agradecida porque esa niña procedente de aquél Reino Lejano le había entregado, incluso sin saberlo, un mensaje de amor inigualable:
Hacer el bien sin esperar nada a cambio, amar sin esperar nada a cambio, creer sin esperar nada a cambio, soñar sin esperar nada a cambio, y, vivir sin esperar nada a cambio.
Aska Pili, era una niña que vivía un Reino lejano, inmenso, puro y necesitado, lleno de sueños inconclusos, esperanza y mucha fe.
Aska Pili, era la niña que jugaba a ser adulta cada día de su vida, siguiendo, tal vez, el único ejemplo que le dejó la mujer que le dio la vida antes de morir, ser madre.
Aska Pili, la mamá, la hermana, la amiga, la compañera, la niña…

Era un ser humano maravilloso, lleno de humildad, ternura, y mucha ilusión.

                                                                                                       Aska 


                                                                                                     Abibo

Babu

1 comentario:

Unknown dijo...

Aska Pili es quizas el tipo de ser humano que soño Dios que fueramos todos.