Hasta parecerá un poco loco escribir una entrada sobre el día en que regresé de Nairobi, sin antes hablarles de lo que hice en Nairobi, pero es que no me puedo esperar, fue un sueño, fue mágico, fue uno de los mejores momentos de mi vida.
Les prometo que les hablaré de Nairobi, para todo hay tiempo en esta vida.
Ayer llegue de Nairobi aproximadamente a las siete y media de la noche, en ese preciso momento del día en el que la gente del orfanato dice que es peligroso estar en la calle –aunque a mí Venezuela me sigue pareciendo más peligrosa- en ese momento en el que los niños del orfanato están terminando de cenar y preparándose para hacer las tareas, en ese, en ese preciso momento.
Cuando entré al orfanato vi a Sheilla a lo lejos, dentro de la casa, leyendo algún poster de esos que cuelgan en la pared… y con un grito con tendencia a susurro pronuncie su nombre mientras me escondía tras las plantas que adornan la fachada del edificio… La escuché correr.
Seguí caminando hacía la cocina donde supuse –por la hora- debían estar la mayoría de los niños, y así fue.
Cuando me vieron comenzaron a correr hacía mí para recibirme con un abrazo.
Fue un momento mágico, un instante de amor puro, de ilusión, de agradecimiento, mucha más que simples sentimientos.
Fue uno de los mejores instantes de mi vida, de esos que espero no olvidar nunca jamás. Que espero recordar siempre, como ahora, casi entre lágrimas, con el corazón apretado, con el amor elevado a mil.
Mietras Sheilla me abrazaba y besaba por tercera vez, Collins se acercó a mí para decirme que ellos ahora estaban bien porque yo estaba de vuelta.
“Thank you Aunty”
Yo creo que no me alcanzará la vida para decirles
Ellos me han dado mucho más de lo que se pueden imaginar
Y yo, estoy enamoradísima.

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