martes, 7 de diciembre de 2010

Nunca Jamás

A veces cuando rezo le pido a Dios que no me permita dejar de intentar…


Mi nombre es Ronald Ombwaya, durante toda vida he creído que los sueños se pueden alcanzar; O por lo menos, así lo he pensado desde que recuerdo.

Seis años atrás llegué al que ahora es mi hogar, donde muchos otros niños sin papas, nos recibieron –a mis dos hermanitos menores y a mí- como parte de su familia. A mi madre, solo puedo relacionarla con una enfermedad conocida como Malaria, no recuerdo su rostro, sus ojos, o si era alta. No recuerdo su sonrisa, y gracias a Dios tampoco sé cómo eran sus lágrimas. Ella se llamaba Lydia, yo siempre pensé que tenía un nombre muy bonito. A mi padre bien lo conocí, la rabia en sus ojos, su áspera mano sobre mis hombros y esas palabras gritadas que nunca han querido escapar de mi memora, están aquí conmigo, incluso cuando ni yo mismo sé dónde estoy. Hace mucho que no lo veo.

Con Dios hablo muy seguido, en la mañana al despertar, durante algún momento de distracción en la escuela, mientras lavo la ropa o cuando ayudo a cortar los vegetales para la cena. Dios siempre ha estado conmigo, lo sé porque puedo sentirlo.

Algún tiempo atrás un joven forastero de tez blanca como las nubes nos contó una historia de hadas, niños que no crecían y un tal Peter Pan. A mí me gustó saber de esos mundos extraños, y me permití creer que existían las hadas, el polvo mágico que permite a los niños volar y en el país de Nunca Jamás. Cuando era niño solía escarpar por la ventana de aquél viejo orfanato sorteando estrellas al ras de un dorado polvo mágico que dejaba huellas a los viajeros que vinieran detrás, a los que entre sonrisas se atreviesen a volar... Y era feliz, cada vez que visitaba Nunca Jamás, era feliz... Sonreía. 

Imaginen. Jugar al fútbol con las viajas botas de vaquero que un desconocido me obsequió sin saberlo, pintar casitas de techos rojos bajo un enorme cielo soleado, aprender a tocar guitarra, correr a la deriva, y, por sobre todas las cosas, creer que es posible eso de ser niño para siempre. Ese era yo, diez años atrás. 

La vida me ha enseñado a vivir dentro de dos mundos paralelos. Soy Roland el adulto, y sin importar los años que me quedan por vivir, soy también, Ronald el niño. De vez en cuando, me parece que estoy jugando a ser niño, y que me he tomado la libertad de pedirle a mi yo adulto, que espere por un momento mientras vuelo como Peter Pan a ese lejano país.

Sin embargo, siempre supe que Nunca Jamás no existe. El yo adulto que la vida me obsequió cuando aún era niño me lo confesó en susurro, mientras mi yo niño luchaba por ignorarle.

No suelo ser el tipo de persona que deja de intentar y no me importa que una parte de mí, pida a gritos que reconozca como una falacia a ese mundo de hadas mágicas, porque yo sí creo en el futuro, creo en los cambios y creo que es posible alcanzar esos sueños que en este mundo de adultos en el que vivo, parecen tantas veces inalcanzables…

Ayer una mujer blanca me preguntó qué quiero estudiar en la universidad.

- “Vamos, que estamos en Kenia”- Pensé en primera instancia.

No obstante, respondí. – y no solo por responder, como suelen hacer muchos en mi país- Respondí con mi corazón en la mano, procurando que algún día mi deseo se haga realidad.

- ¡Piloto!-


A veces cuando rezo le pido a Dios que no me permita dejar de intentar, eso de alcanzar…

 …Mi “Nunca Jamás”.

2 comentarios:

Isabel Bertero dijo...

ES LINDO Y ESPERANZADOR.YO NO HE QUERIDO VOLVER A LEER PETER PAN, NI VER LA PELÍCULA, PARA QUE NO SE ME PIERDA AQUELLA SENSACIÓN DE INFANCIA. EN EL MEDIO DE LA NOCHE VOLAR DESDE UNA VENTANA ABIERTA, AL PAÍS DEL NUNCA JAMÁS.

Giuliana Ippoliti dijo...

Muchas Gracias Isabel!! Esa pelicula le regaló mucha esperanza a Ronald. Eso se hacía evidente solo con mirar sus ojos cuando hablaba de ella. Saludos.