sábado, 4 de septiembre de 2010

Hace mucho, mucho tiempo atrás;

         Cuando los niños de Happy Home llegaron a Stellah, eran todos aún muy pequeños.


Cuando ese edificio baldío, que antes había sido un hospital, se convirtió en hogar, los primeros bendecidos fueron doce niños de la región, que pasaron a formar parte de una familia llamada Happy Home; y, con el pasar del tiempo, la familia fue creciendo.

Progresivamente, los doce niños se convirtieron en veintidós, y luego, los veintidós se convirtieron en veinticinco, para luego ser, treinta, y, finalmente, se convirtieron en treinta y dos hermanos y hermanas, más allá de la genética, sí, y más acá, en la convivencia, también.

Con el pasar de los años, los niños y niñas conocieron a muchas personas procedentes de diferentes países, quienes, también, pasaron a formar parte de su familia, desde el momento mismo en el que ellos –Los niños- comenzaron a llamarlos “Aunty” o “Uncle”.

Un día, una joven decidió emprender camino hacía ese lugar, esa familia y esa vida que se puede vivir solamente cuando se está en Happy Home.

Miles de kilómetros, muchas noches, varios días, estrellas fugaces, pájaros al ras del cielo infinito, nubes de esperanza, tierra enorme, tierra carcomida… tierra.

La joven venezolana había pasado mucho tiempo viajando en un caballo blanco hecho de acero y que surcó el cielo durante horas, minutos y segundos de ansiedad, para finalmente llegar a ese lugar lejano, muy lejano, donde se encontraba el hogar de los treinta y dos niños africanos a quienes ella visitaría, y quienes le darían, sin esperar nada a cambio, la mejor de las historias, para que ella la contara a muchas personas de reinos lejanos, y así, esas personas, serían capaces de sentir, respirar, mirar, escuchar y saborear esa historia, de quienes -los niños estaban seguros- muchos se enamorarían.

Luego de vivir un mes en la lejana pradera donde estaba ubicado el orfanato Happy Home, la joven que había venido desde muy muy lejos, más específicamente desde un reino llamado Venezuela, ya había aprendido mucho sobre la cultura, las tradiciones y la forma de vida con la que los niños y los adultos que estaban a su cargo, pasaban los días.

Ella había aprendido lo importante que era saludar a las personas día tras día, así como si no los hubiera visto en varias semanas. Ella, también, sabía la importancia de la iglesia en la vida de los africanos, y estaba absolutamente sorprendida por la devoción, la fe, y el agradecimiento, que muchos -Quienes no tenían absolutamente nada material en el mundo- le daban a Dios. La joven, conocía lo que significaba levantarse temprano en la mañana para ir a trabajar – Sin importar en qué: buscar agua, ir al colegio, vender verduras en la calle, coser, ser taxi, arrear la tierra, cocinar… - había entendido que en la vida no se trataba de hacer las cosas rápido sino de hacerlas, simplemente eso. La joven, había conocido niños muy maduros para la edad que tenían; niños responsables, y admirables, niños que jugaban a ser adultos, adultos que vivían en el cuerpo de los niños. Pero -y no por mencionarlo al final de este párrafo, menos importante- por sobre todas las cosas, ella, podía entender como una familia podía ser fundada por varios miembros de diferentes familias, y como, podía estar fundamentada en el amor y el respeto al prójimo.

Los niños del orfanato Happy Home, tenían una rutina de convivencia basada en la realización de actividades del hogar, el aprendizaje de lo fundamental para la supervivencia, y, la asistencia al colegio, para alimentar la esperanza de un futuro prometedor. Sin embargo, cuando el mes de agosto llegó, la escuela de los niños cerró por vacaciones, y ellos, se fueron a visitar a algunos familiares, dejando así, a la joven venezolana, vivir, en la casa de la enfermera que trabaja en el orfanato, durante tres semanas.

Durante esas tres semanas, la joven Venezolana se las ingenió para idear actividades a realizar cuando los niños estuvieran de vuelta en su hogar, que era también el hogar de ella. Asimismo, la joven puso mucho empeño en la fabricación de una casita de muñecas para que las niñas pudieran jugar con la libertad de transformar lo que había sido creado con bases en la cultura occidental de la joven venezolana, dándole así su toque africano. Las niñas pusieron telas sobre los muebles de la pequeña casa, y acoplaron las paredes de cartón, al mejor estilo africano; motivo por el cual, la joven venezolana se sintió absolutamente orgullosa. Por otro lado, y en compañía de Liesbet –Otra joven que había venido desde muy, muy lejos a visitar a los niños de Happy Home- la joven venezolana construyó –con cajas de cartón, y hojas de papel- un safari al mejor estilo Masaai Mara, con el qué los niños varones disfrutaban mucho al jugar.

Sin embargo, lo que más hizo la joven venezolana durante las tres semanas de ausencia de los niños del orfanato Happy Home, fue extrañarlos.

Cuando finalmente volvieron, la joven venezolana se sintió muy feliz de volver al hogar que todos había dejado hace poco menos de un mes, y que, se había convertido en simples paredes, sin las voces de los niños al reír, o el ruido que hacían al jugar.

El 25 de Agosto la joven venezolana cumplía veinticuatro años de edad, por ese motivo, ella decidió mostrarle a los niños del orfanato Happy Home, la manera en la que, se celebran los cumpleaños en Venezuela.

La joven hizo una piñata, que es, la manera más tradicional que tienen las personas que viven en los países de América Latina para celebrar los cumpleaños, aunque es más común en las fiestas de niños.

Además, Liesbet – La otra joven- ayudó a la joven venezolana a programar una serie de siete juegos que los niños tendrían que jugar durante todo el día, para así, lograr descubrir la palabra secreta de la fiesta, que al caer la noche, terminó siendo, piñata.

Los niños de Happy Home realmente disfrutaron al jugar juegos como Bingo, Twister, Tom and Jerry… Además de la celebración en general.

Al final del día, todos se fueron a dormir muy cansados, pero con un gran día para recordar.

                Esta historia continuará…

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