martes, 31 de agosto de 2010

ADISA

15/08/2010

Ayer Mamá Mdogo me develó el que sería mi nombre africano: ADISA.

Días antes me había prometido que me pondría un nombre africano porque yo era, ya, una de sus hijas. Cuando me dijo –con una sonrisa digna de ser descrita como “magnifica”- que mi nombre sería Adisa, me sentí tan honrada que para mi alma los límites de mi piel se estaban quedado cortos, que alguien, no sé quién, estaba inflándola sin meditar sobre las consecuencias, que algo, no sé cómo, había procurado que mi corazón se acelerara debido a esa emoción incontenible en las fronteras carcomidas de mi cuerpo.

Estoy muy orgullosa por haber logrado llegar hasta aquí, me siento feliz viviendo en África y de tener la oportunidad de compartir con estas personas; me siento absolutamente enaltecida porque ellos me hacen sentir como un miembro más de la familia.

A veces, desearía tener el poder de detener el tiempo, para vivir los momentos como si fueran a estar para siempre en mi memoria, sin tiempo que los desvanezca, sin abrazos de olvido, sin roce de nuevas experiencias, con ellos ahí, vividos, congelados en esos archivos a los que pudiera ir cuando así lo deseara.

Incluso, tal vez, esa es mi razón más pura para escribir estas líneas que hoy ustedes y yo leemos. He decidido construir mi propia máquina del tiempo, esperando, o más bien casi suplicando, que en unos veinte años no me arrepienta de mi pésima cualidad para describir los momentos inolvidables, pero más aún, cuando se trata de describir tanto sentimiento inédito, tanta celeridad de emociones.

Y sí, le pido a Dios que me dé la sabiduría necesaria para entender lo que he venido a entender aquí, para aprender lo que sabré en dos décadas y para, por sobre todas las cosas, no olvidar nunca que dentro de tanto dolor existe un núcleo inigualable -únicamente por ser enorme- llamado amor.

No hay comentarios: