domingo, 22 de agosto de 2010

SAFARI

                                        Maasai mara



El 29 de Julio me fui de Safari (Por cierto que la palabra safari traducida del idioma Kiswuahili al español, significa viaje).

Para comenzar debo aclarar que no fue una decisión sencilla de tomar, ya que, obviamente no tengo mucho dinero, y menos para gastarlo haciendo turismo. De hecho, ya el dinero que tenía destinado para el mes de agosto se terminó, no me queda nada, nada, nada. Por otra parte, es importante mencionar que, según el acuerdo que firmé antes de venir a Happy Home, no puedo hacer viajes de placer mientras esté ejerciendo funciones de voluntaria; es decir, tengo que esperar hasta que finalice mi periodo de actividad para tomarme una o dos semanas para viajar.

En fin, decidí irme de Safari por una razón muy sencilla, como me dijo Ababu (El manager del orfanato) “Es tu oportunidad de oro”, y sí, sí que lo era.

El 28 de Julio habían llegado a Happy Home un grupo de cinco belgas (Para hacer mención de algo super llamativo, la mayoría de los turistas que arriban a Kenya son Belgas, por qué, no lo sé) que tenían el deseo de hacer safari, pero ojo, safari en el sentido de la palabra que nosotros en occidente conocemos; lo que significa, ir a ver leones, tigres, monos, etc. Como varias personas me habían mencionado que hacer Safari en grupo era mucho más económico y divertido, me fui, así de simple. Hice algo que nunca jamás habría hecho en Venezuela; irme con desconocidos a un viaje donde necesariamente iba a tener que dormir en carpa. Igual, qué más daba, les puedo asegurar que esa, no era la primera “locura” que haría en este viaje (pongo la palabra locura entre comillas, porque para mí, esa palabra es inhóspita, y a veces, hasta puede escapar fácilmente del diccionario personal de mis vivencias. Espero que me comprendan en ese sentido, me gusta ver televisión y leer libros, nada más el hecho de haber venido cinco meses a Kenya es una locura de por sí).

Luego de pasar una noche en Stellah, las belgas, yo, la hija de Ababu (El manager), y dos hombres que trabajan en Happy Home (Uncles) emprendimos camino hacía Maasai Mara. En el camino de tres horas de estimación hasta nuestro destino final, tuvimos que surcar millones de obstáculos variantes en tonos y colores: huecos, abismos, piedras, agua de rio, agua de lluvia, etc. La van donde viajábamos en oportunidades parecía que podía caer por algún sendero, explotar en pedacitos, o finalmente, y tipo comiquita, abrirse en cuatro partes y quedar en el chasis.

Sin embargo, nada pasó (o por lo menos no más allá de unos cuantos sustos diferenciados en grados y secuencias).

Y llegamos, llegamos sanas y salvas a lo que debía ser un paraíso terrenal.

Mientras nos acercábamos a la puerta de entrada (una de las pocas instalaciones manufacturadas por la mano humana, a parte de un gran hotel) donde tendríamos que pagar unos 40$ por pasar dos días y una noche en ese terreno que parecía salido de la comiquita “El Rey León”, pero mucho más inmenso, mucho más increíble, mucho más natural, humano, sobrecogedor… o simplemente indescriptible; porque, al intentar adjudicarle un adjetivo, me siento en el desafío por no minimizar tal esplendor, por intentar narrar con una palabra lo que una sola imagen provoca que, precisamente, te quedes sin palabras, y me disculpo con ustedes, pero no es fácil, eso de describir tanta belleza, y menos para mí, que no soy poeta, y que poco sé del tema.

Alguna vez le dije a alguien a quién amaba que el punto exacto de lo desconocido es ese donde el cielo se nutre con el mar, comprimiéndose en una sola línea infinita de danzares desolados por no poder ser alcanzados por el ojo humano; una línea que no es pasado y no es futuro, una línea que es momento, sí, pero que es presente, es ahora, es instante de vida, de muerte, de todo y de nada también.

No obstante, en esta oportunidad (invaluable, por cierto), esa línea no estaba formada por el agua del mar (como estaba yo acostumbrada a ver en Venezuela), sino por una tierra pura e infinita que mis sentidos no podían degustar de una sola vez.

Nunca en mi vida había visto tanta tierra pura, tan llena de todo, tan llena de nada.

No, ni un solo edificio a la vista ajena de los turistas que la habitaban con la celeridad de la brisa en el palmar (ni siquiera podía verse aquél hotel), ni una pizca del mundo Cosmopolitan en el que vivimos tantos de nosotros, no había mano humana expresada en inmuebles (muchas jeep repletas de turistas, eso sí), y no, no había interrupción alguna entre mis ojos y ese punto inquebrantable de belleza infinita.

Y discúlpenme si parezco repetitiva, pero Maasai Mara es tan inmenso, tan puro tan bendito, que se me hace difícil no mencionarlo una y otra vez.

Maasai Mara es el cielo en la tierra, el paraíso terrenal del que tantos hablan, es silencio para el espíritu, es oxigeno para los pulmones, es luz, es brillo, es brisa, es una tormenta de esperanza, y es, también, un vistazo a la realidad del mundo que alguna vez tuvimos y que decidimos abandonar, o no, mejor, cambiar.

Yo creo que jamás olvidaré semejante paisaje… las palabras, cuales quiera que sean, se quedan cortas; Pero, si me preguntaran o me pidieran que utilizara una sola palabra para referirme al Maasai Mara, yo diría: GENESIS.

Estar allí fue verdaderamente increíble… fue un sueño que nunca soñé, y fue, la realidad que nunca imaginé. Y si quien lee estas líneas tiene el deseo de reencontrarse consigo mismo, reflexionar y ceder, Maasai Mara es una excelente opción.

En el Safari, pude ver zebras, jirafas, búfalos, monos, hipopótamos, cocodrilos, hienas, elefantes, leones, y muchísimos animales más… en su hábitat natural, no tras las rejas en un zoológico.

Los animales estaban en casa, una tierra tan inmensa como los sueños y tan bondadosa como quien permite que los sueños se hagan realidad.

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