Hace mucho, mucho tiempo, cuando los niños de Happy Home aún eran pequeñitos, tuvieron la desdicha de perder a sus madres.
Sí, en el momento que se es demasiado inocente, cuando la maldad no existe, cuando amanece soleado el día y es perfecto para desojar las horas jugando, cuando la comida es alegría, cuando los meses giran en torno a un jardín repleto de tierra que respira vida, cuando los ojos son enormes y la mirada es esperanza, en ese, en ese preciso momento, ellos, lo perdieron todo.
O tal vez, ganaron mucho. Es difícil saberlo con exactitud.
Dicen por ahí, que lo mejor es lo que pasa, que no importan cuan cruda sea la tormenta, luego vendrá la calma, que el arcoíris algún día aparecerá, y que la tristeza siempre, siempre, es vencida por la alegría.
Con el pasar de los días muchos de los niños fueron llevados a vivir en Happy Home por no tener otro lugar a donde ir.
Fueron llegando uno por uno -Algunas veces en grupos de hermanos- en diferentes periodos del año, en diferentes momentos de sus vidas, con etapas inconclusas y sueños desfallecidos. Fueron dándole la bienvenida a una nueva vida con mejores pretensiones, con horizonte de futuro y con aroma a ilusión.
Pero que quede claro, la vida de los treinta y dos niños no había sido fácil. Ellos habían tenido que atravesar situaciones muy difíciles, injustas, y a veces, hasta inexplicables. Nunca fue sencillo -Para nadie- olvidar lo difícil que es recordar.
Muchos de los niños de Happy Home se preguntaban por qué tuvieron que atravesar por semejantes experiencias, si, desde que tenían conciencia, habían sido buenos con Dios.
Ellos eran niños de mucha fe, les encantaba ir a la iglesia los domingos para cantarle a Dios en forma de agradecimiento sincero, de corazón, cuerpo y alma. Ellos tampoco sabían muy bien como había comenzado esto que hoy conocían como mundo, pero estaban absolutamente seguros que había sido él, Dios, el creador omnipotente de todo el universo. Dios conocía la existencia de la maldad, sí. Pero Dios también había creado la bondad, por eso ahora estaban bien, en un nuevo hogar, con nuevos compañeros, con nuevos hermanos, con sueños y metas por cumplir, con todo lo que necesitaban para vivir.
Los niños ahora estaban en un lugar lleno de vida, lleno de magia… Lleno de sus miradas, su esencia, su presencia.
En Happy Home todos tenían responsabilidades que cumplir, día a día, los niños se levantaban muy temprano en la mañana para comenzar sus labores, que consistían en asistir al colegio, cumplir con actividades del hogar, y cuidar de ellos mismos.
Desde cierto momento de la vida de los niños, Happy Home se había convertido en el lugar a amar, Happy Home era el hogar.
En ese hogar, los treinta y dos niños tenían una mamá a quien llamaban Mdogo (Pequeña madre en Kiswahili-Lengua oficial de Kenya a parte del inglés). Mdogo era enfermera y sabía muy bien cómo cuidar de los niños, ella amaba a cada uno por separado como si los estuviera amando a todos, y los amaba a todos como si fueran sus propios hijos biológicos. Además, en Happy Home trabajaban constantemente siete personas a quienes los niños llamaban (tíos y tías): Aunty Millicent, Aunty Pamela, Aunty Pauline, Aunty Giuliana, Uncle Herman, Uncle Peter y Uncle Ben. Ellos, juntos, constituían una gran familia.
Aunque nadie tuviese realmente certeza de ello, todos parecían estar felices, a pesar de las malas jugadas de la vida, a pesar de los traumas del pasado, a pesar de la tristeza; ellos, estaban bien, sonreían, y todos estaban seguros que serían capaces de mirar al futuro sin miedo y sin arrepentimientos, porque esa era la salida que le había deparado ese señor en el que tanto creían,
Dios.
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